El Debate entre Hillary Clinton y Donald Trump

El primer debate entre Hillary Clinton, candidata presidencial del Partido Demócrata, y Donald Trump, del Partido Republicano, concitó la atención de más de 84 millones de telespectadores, el mayor número en la historia para un evento de esa naturaleza.

Antes de su realización, había grandes expectativas. Varios canales de televisión promovían el debate como si se tratase de una pelea de boxeo. Los rostros de ambos candidatos aparecían en pantalla con una música de fondo que transmitía la impresión de que se trataría de una batalla sangrienta que se libraría cuerpo a cuerpo.

Había razones para suponerlo. Durante las primarias del Partido Republicano, Donald Trump, en un total de 11 rondas de debates, había derribado a sus competidores en base al insulto, a descalificaciones personales y a ataques desconsiderados.

Se esperaba que haría lo mismo con la candidata del Partido Demócrata. Muchos asumían que utilizaría la misma técnica agresiva de combate para derrotar a su contrincante por la conquista de la Casa Blanca. Otros estimaban que tendría que ser más sobrio y más enfocado en la transmisión de un mensaje que le permitiera obtener el apoyo de electores indecisos.

Durante las primarias republicanas, debido a la cantidad de aspirantes a la nominación presidencial que participaban, Trump nunca tuvo que intervenir por más de 20 ó1 25 minutos en los debates que se escenificaron. Tampoco se enfrentó a nadie en forma directa, sino que se refería indistintamente a los que eran parte del duelo verbal.

Frente a Hillary Clinton tendría que estar activo durante 90 minutos y confrontar, de manera directa, con un solo adversario. En esas condiciones tendría que elaborar argumentos, esgrimir tesis y hacer planteamientos que requerían formación política, experiencia en el servicio público y buen juicio.

Nada de eso lo logró: y en eso estuvo su infortunio. los temas del debate

Lo más trascendente del debate, desde el punto de vista de su contenido, estuvo en que permitió presentarles a los telespectadores dos visiones o maneras en que debe funcionar, no solo la sociedad norteamericana, sino el sistema capitalista.

Aunque no se empleó el término, se empezó a debatir sobre el fenómeno de la globalización. Donald Trump argumentó que el NAFTA había sido el peor tratado de libre comercio que jamás se había suscrito en la historia. Propuso que las compañías norteamericanas establecidas en el exterior, especialmente en México y en China, retornasen a los Estados Unidos. Sugirió, además, crear incentivos para que en el futuro, empresas estadounidenses realizasen su labor productiva dentro del territorio norteamericano.

Se trataba, obviamente, de una posición proteccionista radical, que desconocía que dentro de la situación actual de interconexión e interdependencia de la economía global, la producción de bienes se realiza a través de una fragmentación del sistema productivo.

Eso fue lo que Hillary hizo saber. Que si bien los acuerdos de libre comercio pueden perfeccionarse, como lo hizo entender a propósito del que se aspira a suscribir con varios países del Pacífico, no es menos cierto que constituyen la mejor forma de integración de la economía mundial, lo cual, según su criterio, resulta beneficioso para los Estados Unidos.

Para activar la economía y generar empleos, el candidato republicano retrocedió a una vieja concepción ya anteriormente transitada durante la gestión del presidente Ronald Reagan.

Se trata del anacrónico criterio de considerar que mediante la disminución del pago de impuestos a los ricos, se produciría un estímulo a la inversión que se traduciría en una dinamización de la economía, y, por consiguiente, en una creación de empleos, beneficioso para los sectores más vulnerables de la población.

Para Hillary, es todo lo contrario. Para ella se trataría de aumentar el impuesto a las grandes empresas y a los privilegiados de la fortuna, con el propósito de incrementar las inversiones, estimular el crecimiento económico, generar empleos, expandir la clase media y aumentar el salario de los trabajadores.

Donald Trump acusó a Hillary Clinton y a los demócratas, en general, de querer establecer un sistema de regulaciones sobre diversos sectores de la economía estadounidense, al tiempo de considerar que bajo una administración suya se procedería a hacer todo lo contrario, esto es, a desregular.

El candidato republicano insistió en que bajo el esquema de su opositora demócrata y de la actual administración del presidente Obama, la deuda norteamericana, que ya es de 20 trillones de dólares, se incrementaría aún más.

Sin embargo, en realidad, y conforme a lo señalado por Hillary, sería con una disminución de impuestos a los ricos que la deuda se incrementaría, toda vez que el gobierno no tendría los recursos suficientes para la inversión, hasta en las mismas áreas de infraestructura a las que Trump hizo referencia.

Con respecto a estos temas, los candidatos entraron en argumentaciones orientadas a la descalificación personal. Pero, en todo caso, lo más trascendente es que se pusieron de relieve dos concepciones en conflicto acerca de cómo debe funcionar el sistema capitalista en el siglo XXI.

Los debates de campaña

El primer debate de campaña que se registra en la historia norteamericana, tuvo lugar en 1858 entre Abraham Lincoln y Stephen A. Douglas, que entonces se disputaban una curul en el Senado. Dos años más tarde, en 1860, los mismos contrincantes rivalizarían por la Presidencia de los Estados Unidos, aunque en esa ocasión no volvieron a enfrentarse.

No fue sino hasta un siglo después, esto es, en 1960, que se produjo el histórico primer debate entre candidatos presidenciales. Fue entre el vicepresidente Richard Nixon, del Partido Republicano, y el senador demócrata por el estado de Massachusetts, John F. Kennedy.

En ese debate, se afirma que Nixon, debido a su mayor experiencia política y capacidad de argumentación, resultó triunfante a través de la radio. Sin embargo, Kennedy, al ser más telegénico y tener mejor dominio de las cámaras, tuvo un desempeño superior a través del medio televisivo.

A partir de ese episodio, los estudiosos de las ciencias políticas han intentado establecer cuál es la importancia o relevancia de los debates en las campañas electorales. Lo que se procura a través de ese evento es que el mensaje que se transmita reafirme el voto a favor, debilite el apoyo del contrario y conquiste el favor de los indecisos.

Al tratarse de una confrontación de ideas, que está regulada en el tiempo y moderada por profesionales de la comunicación, tiene un carácter pedagógico; ilustra a los votantes respecto de los temas centrales de la campaña; entretiene, a manera de espectáculo, y contribuye a poner de relieve la personalidad de los participantes.

Después del debate entre Kennedy y Nixon, el presidente Lyndon Johnson rehusó asumir ese formato comunicacional en los comicios de 1964; y con respecto a los torneos electorales de 1968 y 1972, en los que Nixon volvió a ser candidato, este quedó tan emocionalmente afectado de su experiencia anterior, que declinó debatir.

Un encuentro de esta naturaleza entre candidatos presidenciales estadounidenses no volvería a producirse sino a partir de 1976, cuando subieron al cuadrilátero político, Jimmy Carter y el entonces presidente Gerald Ford.

En 1980, el pugilato verbal entre Carter y Ronald Reagan generó la mayor audiencia televisiva que se había obtenido hasta ese momento. Alcanzó a 80 millones de telespectadores. De ahí en adelante, han continuado de manera periódica hasta llegar a la de los próximos comicios a celebrarse en noviembre de este año.

Además de exponer sus ideas sobre la economía estadounidense y el funcionamiento del sistema capitalista en general, Hillary Clinton y Donald Trump abordaron temas relativos al terrorismo, a la política internacional, a la migración y a los temas raciales.

Respecto de cada uno de esos aspectos se notó la superioridad de Hillary Clinton. El candidato republicano lucía desconcertado. Parecía desprovisto de municiones. Por vez primera, la bravuconería le había fallado. Ahora había tenido que enfrentarse a una veterana de la política que, tal como ella mismo indicó, se había preparado, no solo para ese ejercicio de intercambio de ideas, sino para ser la primera mujer Presidenta de los Estados Unidos.

Aún faltan dos debates adicionales en el mes de octubre, antes de que los electores norteamericanos acudan a las urnas a ejercer su derecho al sufragio, y escoger al próximo inquilino de la Casa Blanca.

Pero, no cabe dudas, de que lo que experimentó Donald Trump en el primero de esos debates es lo que en el argot del boxeo bien podría llamarse un verdadero y resonante knock-out.

Porque definitivamente, así fue.