El encuentro de la CEPAL

Recientemente tuve la oportunidad de participar en la Segunda Reunión de la Conferencia de Ciencia, Innovación y Tecnología de la Comisión Económica para América Latina (CEPAL), en San José, Costa Rica.

Al referirme sobre el tema, partí de la premisa de que tanto América Latina, como el mundo en general, se encuentran atravesando por una situación de incertidumbre.

Esa situación se puede advertir en el hecho de que hasta el 2012, la región había estado viviendo en lo que se había bautizado como la década de oro. Una década caracterizada por una notable expansión económica, en la que el producto interno bruto creció, en promedio anual, 5.5 por ciento.

Debido a esa situación, se aplicaron políticas sociales exitosas. Se redujo la pobreza y se expandió la clase media. Hubo un auge en los precios de los commodities o productos básicos, así como una diversificación de las relaciones comerciales.

Pero como consecuencia del impacto de la Recesión Global, en los últimos años se ha ido perfilando un cuadro diametralmente opuesto. El crecimiento económico se ha reducido a tan sólo 0.5 por ciento del PIB.

De igual manera, ha habido una disminución del comercio internacional. Una caída de los precios de los commodities; una baja de los ingresos fiscales; una merma en el gasto público; un aumento del desempleo, y por vía de consecuencia, un incremento de la pobreza.

Todo eso, por supuesto, ha generado descontento social, y una situación de turbulencia política, aun en países que se consideraban estables.

Cambio de modelo

Para superar esa situación de incertidumbre y volatilidad, la CEPAL ha estado proponiendo, desde hace algunos años, un cambio del actual modelo económico hacia otro que implique una transformación productiva con equidad.

En ese nuevo modelo de transformación productiva, se procura garantizar, de manera continua, un crecimiento económico para incentivar el desarrollo sostenible.

Se tiene como meta aplicar los 17 objetivos de la agenda de desarrollo 2030 de Naciones Unidas. De igual forma, diversificar las economías; promover la ciencia y la tecnología; incentivar la competitividad e innovación; y propiciar la integración en la cadena global de valor.

Más aún, dentro del nuevo modelo de transformación productiva, se tiene como finalidad, alcanzar la transición del sistema industrial tradicional hacia la sociedad del conocimiento.

Naturalmente, cuando examinamos las posibilidades de esa transición, nos damos cuenta de las inocultables dificultades que enfrentan varios de los países de la región, que aún no han logrado superar la etapa de la segunda revolución industrial, de fines del siglo XIX y principios del XX.

Por eso, no es de extrañar que en el índice global de innovación, América Latina y el Caribe solo aparezcan en el número cinco de las siete regiones del mundo.

Esto así, por debajo del Norte de África y el Medio Oriente, y únicamente por encima de Asia Central y el África subsahariana. En ese aspecto, la situación es tan grave, que en los últimos dos años, la región ha disminuido en ocho de los diez indicadores que se emplean para efectuar la medición.

La brecha digital entre los países latinoamericanos y los del mundo desarrollado se hace cada vez más notable, de conformidad con el informe sobre tecnologías de la información y la comunicación que publica el Foro Económico Mundial.

Ningún país latinoamericano se encuentra entre los primeros 30 del listado. Un país como Brasil se ubica en el número 65; México en el 76; la República Dominicana en el 87; y Haití ocupa el último lugar, en el 142.

Con respecto al denominado examen PISA, que es una prueba internacional estandarizada que toman los estudiantes de 65 países en el mundo, el primer país que aparece de América Latina es Chile, en el lugar número 51.

De las universidades, la primera de la región es la Universidad de Sao Paulo, que en el ranking mundial aparece en el número 138. La otra que le sigue, también brasileña, figura en el puesto 327; y la tercera es la Universidad Nacional Autónoma de México, en el lugar número 341.

Como puede observarse, nada halagüeño. Pero, si en adición se calcula el número de investigadores por millón de habitantes, así como el total de patentes registradas, entonces el panorama se torna sombrío.

La inversión de los países de América Latina y el Caribe en materia de tecnología e innovación es escasamente de 0.8 por ciento; y de esa cifra, el 70 por ciento proviene del sector público, que es contrario de lo que ocurre en los países desarrollados, en los cuales la inversión privada es mayor.

El futro de la innovación

Afortunadamente, en los últimos años se ha ido cobrando mayor conciencia entre los pueblos del área acerca de la importancia de la tecnología y la innovación en el desarrollo de las naciones.

Por eso ya es extendida la práctica de que la casi totalidad de los países latinoamericanos disponen, en la actualidad, de un plan estratégico nacional de ciencia, tecnología e innovación.

De igual manera, que varios han ido creando un ecosistema favorable al desarrollo de la industria de alta tecnología. Así, ya proliferan por la región, incubadoras y aceleradoras empresariales; inversionistas ángeles y capitales de riesgo; start ups y clusters de innovacion.

Ya existen parques tecnológicos en México, en las áreas de Monterrey y Guadalajara; en Argentina, Brasil, Chile, Colombia, Perú, Uruguay, Panamá y la República Dominicana.

En el caso nuestro, se trata del Parque Cibernético de Santo Domingo, el cual fue fundado hace dieciséis años, en el 2000, durante nuestra primera gestión de gobierno.

En la actualidad, el Parque Cibernético alberga decenas de empresas, dedicadas a la industria del software, al desarrollo de aplicaciones para telefonía móvil; la biotecnología; a la fabricación de tabletas electrónicas; y a la protección de data a través de puntos de acceso en redes, o NAP, por sus siglas en inglés.

Pero ahora que el mundo entra en la era de la cuarta Revolución Industrial, los países de América Latina y el Caribe, en base al diseño y aplicación de estrategias nacionales de creación de cadenas globales de valor, pueden acceder a esa nueva realidad, que permitirá incrementar la producción, la productividad y la competitividad de sus economías.

En esa nueva era se producirán nuevos bienes y servicios, como los que se derivarán de la llamada Internet de las cosas; de la inteligencia artificial; de la robótica; de la ciberseguridad y defensa; de las energías renovables; de la meta data; de la nanotecnología; de la industria aeronáutica y espacial; de la industria de materiales raros; y de la computación en las nubes, entre otros.

Para poder insertarse a plenitud en esa nueva etapa de la sociedad del conocimiento, se requerirá, en primer término, de la formación de recursos humanos altamente capacitados.

Para eso, a su vez, se va a necesitar de una transformación radical de todo el sistema educativo, desde la educación básica hasta la universitaria, con el objetivo de dotar a la nueva generación de estudiantes de los conocimientos, habilidades y destrezas que demandan las sociedades del siglo XXI.

Durante una década América Latina vivió su época de oro; y durante ese período se pudo constatar el avance y el progreso experimentado por varios países de la región.

Pero esa época se esfumó, porque era insostenible. Estaba fundamentada, simple y llanamente, en la exportación, sin ninguna transformación, de materias primas o recursos naturales.

Ahora, para que la prosperidad y el progreso tengan algún sentido de perdurabilidad, resultará imprescindible añadir valor a los bienes y servicios que se produzcan.

Pero eso sólo podrá alcanzarse mediante la aplicación de un nuevo modelo que se fundamente en la transformación productiva con equidad. En un nuevo tipo de economía que combine un sistema de trabajo intensivo, para generar empleos, con otro de capital intensivo, con base tecnológica, para incrementar el volumen de producción de riqueza.

De conquistarse esos objetivos, América Latina y el Caribe no sólo superarán la actual brecha digital, sino que sabrán sobreponerse a las deficiencias y carencias que aún perduran de la segunda Revolución Industrial, para entrar plenamente en la era de la sociedad del conocimiento.

Estamos confiados que así será.