El legado de Obama

Dentro de pocos días, el próximo 20 de enero, el presidente Barack Obama abandonará la Casa Blanca, dando lugar al inicio de la nueva administración del presidente electo, Donald Trump.

Hace ocho años, en el 2008, cuando Obama fue inicialmente electo, había un ambiente de alegría y optimismo, tanto en los Estados Unidos como en el resto del mundo. Más del 80 por ciento de los encuestados manifestaba esperanza de cambios en los Estados Unidos.

No era para menos. El milagro se había realizado. En contra de todos los pronósticos, por primera vez en la historia norteamericana, un negro había sido electo para dirigir a la nación más rica y poderosa del planeta.

Las circunstancias habían determinado que así fuese. Su antecesor en el cargo, George W. Bush, había resultado una auténtica pesadilla. Primero, fue el error de haber reaccionado a los ataques terroristas del 11 de septiembre de 2001, orquestados desde Afganistán por el grupo de Al Qaeda, enviando tropas a Irak, que nada había tenido que ver con las acciones de terror desatadas sobre suelo norteamericano.

Luego, sería la controversia sobre las hipotecas de alto riesgo. Ese fenómeno, que terminaría dando origen a la crisis financiera global, se transformó, a su vez, en la Gran Recesión global, considerada como la más profunda y severa crisis que ha tenido lugar en la economía mundial, desde la Gran Depresión de los años treinta del siglo pasado; y que a pesar de la diversidad de medidas adoptadas, aún flota en el ambiente, una década después de haberse iniciado.

Fue, por supuesto, esa situación de desprestigio, de crisis de confianza y de declive de la influencia y del poder de los Estados Unidos a nivel mundial, lo que permitió que un joven de raza negra, prácticamente desconocido hasta hacía poco tiempo, emergiera de la oscuridad y se alzara con la victoria política más preciada del planeta: la Presidencia de los Estados Unidos.

Ese joven era Barack Hussein Obama, cuyo extraño nombre parecía asociarlo, por los menos fonéticamente, a los dos archienemigos de la sociedad norteamericana de la época: Osama bin Laden y Saddam Hussein.

Trayectoria politica

Barack Obama venció ampliamente a John McCain en las elecciones de noviembre de 2008, al obtener 365 votos electorales frente a los 173 del senador del Partido Republicano por el estado de Arizona.

Sin embargo, fue tan sólo cuatro años atrás, en el 2004, cuando Barack Obama se presentó para optar por el cargo de senador federal por el estado de Illinois. Desde 1996 había sido senador estatal, con asiento en Springfield.

De acuerdo con sus propias palabras, reveladas en su libro, La Audacia de la Esperanza, en el 2000 había cometido un desliz político, que le hizo, sin embargo, madurar. Había desafiado para miembro de la Cámara de Representantes a un incumbente del cargo, miembro de su propio partido.

El resultado, naturalmente, fue la derrota. Pero de esa derrota, luego de un amargo aprendizaje, se recuperó; y de ahí en adelante, su carrera tomó un giro meteórico.

Un momento especial tendría lugar en la campaña electoral del 2004. En esa ocasión, el candidato presidencial del Partido Demócrata, John Kerry, lo seleccionó para ser orador principal en la Convención que le escogería como aspirante oficial a la Casa Blanca.

Obama resultó brillante. La cobertura mediática que alcanzó lo catapultó al estrellato político. De repente, sin haber sido todavía electo senador federal, se había convertido en una figura nacional. Su discurso había calado, tanto por la forma o el estilo en que había sido pronunciado, como por su parte sustantiva, que era de inclusión y unidad de toda la sociedad norteamericana.

Cuatro años después, estremeció al mundo. El joven nacido en Hawai, de una madre blanca de Kansas, y un padre negro de Kenia, criado en Indonesia, educado en las universidades de Columbia y Harvard, había hecho realidad el sueño de Martin Luther King.

Se había alcanzado la tierra prometida. Desde la esclavitud, reconocida en la propia Constitución de los Estados Unidos, al considerarse que un negro era equivalente a las tres quintas partes de un blanco, hasta las leyes de Jim Crow, que consagraban la segregación racial, se había logrado el milagro. Por fin, un negro había llegado a la Casa Blanca.

Al alcanzar el poder, ese descendiente de esclavos se enfrentaría a graves desafíos. El primero de ellos, naturalmente, sería la dramática crisis económica.

Lo hizo con determinación. Al cabo de ocho años, el desempleo disminuyó de un 10 a un 4.7 por ciento. La economía se ha mantenido estable y ha crecido a un ritmo apreciable para un país de las dimensiones de los Estados Unidos.

Se esforzó para que millones de ciudadanos estadounidenses, tradicionalmente excluidos del sistema de salud y seguridad social, quedaran formalmente integrados. Construyó carreteras, puentes y ferrocarriles.

Fruto de los logros conquistados, fue reelecto en los comicios del 2012, al enfrentarse al candidato del Partido Republicano, el ex gobernador por el estado de Massachusetts, Mitt Romney.

Resistencia de adversarios

Pero no importaba que el joven y talentoso estadista afrodescendiente avanzase en sus planes y proyectos. Desde un principio, hubo en su contra un plan bien orquestado para hacerle fracasar en su gestión de gobierno.

Al poco tiempo de encontrarse en la Oficina Oval, surgió dentro de las filas del Partido Republicano la llamada corriente del Tea Party, de tendencia ultra conservadora y racista, que procuraba enfrentar a la administración Obama en todos los planos.

El Congreso, dominado por los republicanos, no parecía tener otro objetivo que obstruir todos los proyectos del Ejecutivo. Hasta en el lenguaje corporal de sus representantes era inocultable el disgusto que sentían al ver a un afroamericano en la Casa Blanca.

Sólo la paciencia, la calma, el control emocional y la inteligencia le permitieron a Obama seguir, de manera imperturbable, hacia la conquista de sus metas.

Sin haberlo previsto, se había convertido en el Jackie Robinson de la política norteamericana, a quien ningún intento de humillación podía afectarle, en razón de que estaba poseído de un sentido de dignidad, de orgullo y de conciencia del alcance de su misión histórica.

Así actuó en todo momento. Con dignidad. Aún cuando se producían las muertes absurdas de sus hermanos de color en manos de agentes policiales soberbios, lo que motivó el surgimiento del movimiento de Black Lives Matter.

Como acontece con toda figura pública, la obra de gobierno de Barack Obama estará sujeta al juicio de la historia. No se trata, por supuesto, de una obra perfecta. Nada humano lo es. Pero cuando con el paso del tiempo se coloquen en una balanza, los activos de su gestión pesarán más que los pasivos.

Ese es el contexto en que habrá de evaluarse el legado histórico de Barack Obama. Habiendo heredado un ambiente de confrontación militar, no creó ningún nuevo escenario de conflicto bélico para su país ni para el mundo.

Retiró las tropas norteamericanas de Irak, tal como había prometido durante su campaña electoral. Se enfrentó a los terroristas de Al Qaeda en Afganistán, eliminando a su principal cabecilla, Osama bin Laden.

Negoció un acuerdo sobre enriquecimiento de uranio y desarrollo nuclear con Irán. Apeló a los mecanismos multilaterales de resolución de conflictos, y dio señales de preferencia por la diplomacia, en lugar del enfrentamiento armado.

Restableció relaciones diplomáticas con Cuba, luego de más de medio siglo de ruptura y aislamiento. Nombró a un enviado especial para las negociaciones de paz del gobierno de Colombia con las fuerzas guerrilleras de las FARC.

En fin, creyó más en un mundo multipolar, guiado por normas del Derecho Internacional, que en un mundo unipolar, hegemónico, de imposición sobre la base de la fuerza.

Pero, dentro de pocos días, la Era de Obama habrá llegado a su fin. Se iniciará otra etapa, otro capítulo de la historia, que hasta el momento no ha sido recibido con el mismo optimismo, la fe, la alegría y el entusiasmo con el que ocho años atrás fue recibido Barack Obama.

El legado de Obama ya es parte de la historia. Ahora le corresponde el turno a Donald Trump, sobre quien, de entrada, se albergan dudas, se formulan interrogantes y se generan incertidumbres.

Tal vez todo se deba al contraste de personalidad entre quien se despide del escenario de la política y quien se prepara para entrar a ella. Por un lado, la humildad y la sencillez. Por el otro, la arrogancia y el engreimiento.

Ojalá nos equivoquemos, y todo no sea más que una ilusión óptica.