Hugo Chávez y el arte de gobernar



¿Podrá el presidente Hugo Chávez sobrevivir políticamente a la oposición simultánea del sector empresarial venezolano, del sector sindical, de los núcleos de profesionales, de los principales medios de comunicación, de una facción militar, de la Iglesia Católica y del gobierno de los Estados Unidos?

La respuesta a esa interrogante conduce a reflexionar respecto a lo que desde los tiempos de Maquiavelo se consideró como el factor esencial de la acción política: el problema del poder, el cómo se gana y cómo se pierde.

Hugo Chávez llegó al poder no porque el pueblo venezolano tuviese plena conciencia de lo que él representaba políticamente, sino más bien como consecuencia de su clara decisión de rechazar todo lo relacionado con el pasado.

Para los venezolanos, su situación de crisis económica y falta de credibilidad en las instituciones democráticas estaba asociada a la incompetencia y presunta corrupción de Acción Democrática y COPEI, los dos partidos que desde la firma del Pacto de Punto Fijo, en 1958, habían controlado la escena política nacional.

Al llegar al Palacio de Miraflores, a principios de 1999, el gran desafío del presidente Chávez consistía en cómo transformar el rechazo hacia ese pasado por parte de los venezolanos en una esperanza de futuro.

En un primer momento, podría decirse, tuvo éxito. En las encuestas llegó a figurar con cerca de un 90 por ciento de respaldo popular. Todo cuanto hacía y emprendía concitaba el aplauso entusiasta de la mayoría nacional.

En ese tenor, modificó la Constitución de la República mediante una Asamblea Constituyente. Le cambió el nombre al país por el de República Bolivariana de Venezuela. Hizo aprobar una Ley Habilitante para adoptar decisiones de gobierno por Decreto. Ganó varios plebiscitos y hasta pudo reiniciar su período de gobierno con una segunda elección que ganó de manera abrumadora.

Hugo Chávez se había convertido en la negación del pasado y en la esperanza de los pobres de Venezuela para salir de su estado de miseria y desaliento.

La gran interrogante, sin embargo, es la siguiente: ¿Cómo, habiendo concitado tanto apoyo en la sociedad venezolana y habiendo concentrado, de manera institucional, tanto poder, a Hugo Chávez , en estos momentos, el poder se le esfuma de las manos?

La explicación se encuentra en la forma o estilo de gobernar, el cual, en realidad, sólo puede asumirse de dos maneras: por consenso y legimitación; o por confrontación y coacción.

A pesar de contar con el respaldo de la inmensa mayoría, lo que le hacía fácil la tarea de construir un consenso sobre la base del diálogo con los distintos sectores de la sociedad venezolana, el presidente Chávez prefirió optar, desde el inicio de su mandato, por una política de confrontación que establecía una polarización entre, por un lado, lo que él ha denominado la vieja élite u oligarquía corrompida, y por el otro, la revolución bolivariana.

Lo que esa política de confrontación perdía de perspectiva es que en la democracia actual el poder tiene un carácter difuso, lo que significa que permite a los distintos actores sociales intervenir en las distintas luchas de la sociedad movilizando sus recursos y sus fuerzas, para de esa manera establecer un límite o un freno al ejercicio del poder estatal.

Lo que ha estado ocurriendo en Venezuela es que a medida que el gobierno del presidente Hugo Chávez se desgasta, como se desgastan todos los gobiernos, debido a la imposibilidad material de poder satisfacer el conjunto de reclamos de la población, los distintos sectores confrontados han ido, gradualmente, acumulando fuerzas, y en estos momentos, en que incluso la economía se encuentra en una situación de declive y se aplican medidas de ajuste, se sienten con suficiente poder como para desafiar al gobierno.

Ojalá no sea tarde para que Hugo Chávez pueda todavía rectificar la línea de confrontación que ha seguido frente a distintos sectores de poder en la sociedad venezolana, y ojalá tenga aún la suficiente credibilidad como para poder convocar a un diálogo nacional que contribuya a elaborar las pautas y directrices de recomposición de la patria bolivariana.

En todo caso, hay algo claro, y es que en el mundo contemporáneo el poder ya no nace sólo de la boca del fúsil. Ahora surge también del púlpito, de los gremios profesionales, de los sindicatos, de los medios de comunicación, de los partidos políticos y de la sociedad civil.

No se puede retener el poder del Estado en lucha permanente contra estas instituciones de la sociedad. Quien así lo hiciese verá su autoridad desplomarse. Corresponderá a Hugo Chávez, en esta hora crucial para Venezuela, determinar su propio destino y el futuro de su pueblo.

En eso consiste el arte de gobernar.