Psicopatología de la política dominicana



La conducta exhibida en estos días por los más destacados representantes de las principales instituciones públicas del país revela que un extraño malestar ha empezado a corroer la sociedad dominicana.

Ese malestar se manifiesta de diferentes maneras. Algunos de sus más claros síntomas son: ambiciones desmedidas de poder, conducta desenfrenada, insolencia y arrogancia, actitud permanente de retaliación, insensatez, irrespeto a todo e infantilismo.

El diagnóstico a que conduce ese conjunto de síntomas, de naturaleza patológica, es evidente. Científicamente se le llama esquizofrenia política, pero para fines populares puede ser calificado de demencia colectiva o manicomio generalizado.

La última amenaza del Senado de la República indicando que promoverá una nueva reforma a la Constitución con la finalidad de eliminar la inamovilidad de los jueces, son pruebas irrefutables de lo que acabamos de decir.

¿Cómo suponer que por el hecho de la Suprema Corte de Justicia haber declarado la inconstitucionalidad de la ley que convocaba a la Asamblea Revisora, el Senado, en franca actitud de retaliación, ahora esté contemplando cómo desquitársela con esos jueces? ¿Se requiere mayor inmadurez?

Pero con anterioridad, la Junta Central Electoral hizo publicar en los principales diarios de circulación nacional su rechazo preventivo a cualquier eventual futura decisión del más alto tribunal de la República, que de alguna manera hiciese referencia a lo que entiende es su coto cerrado: las elecciones.

El presidente de la Suprema Corte respondió a ese preventivo y virtual memorial de agravios de la Junta Central Electoral de la única manera inteligente en que hoy día se puede hablar: con el silencio.

Naturalmente, la patología emocional reciente de la política nacional empezó con el intento de algunos congresistas de pretender imponer, a sangre y fuego, la extensión de su mandato y la reelección presidencial.

Para esos congresistas, en el escenario político nacional, todo es posible. Extender en dos años un mandato que no le ha sido conferido no representa en absoluto ningún problema. Es más, al revés, constituye algo muy sencillo. Sólo requiere modificar la Constitución.

Y la Constitución se modifica cuando se quiera y para lo que se quiera. Hasta para eliminar a los jueces que pretendan limitar esa voluntad.

Para anular la ley de convocatoria a la Asamblea Revisora, la Suprema Corte de Justicia aplicó un concepto que no se encuentra expresamente establecido en nuestra Carta Magna, como es el de control preventivo de la constitucionalidad, el cual existe en otras constituciones, tanto de América Latina, como de otras partes del mundo.

La importancia de la existencia de figuras jurídicas de esa categoría, evidenciada por la forma en que nuestro más alto tribunal pudo ponerle fin a una controversia que afectaba la estabilidad institucional del país, es una prueba adicional de que nuestro país sí requiere de una reforma a la Constitución, pero de una reforma seria y responsable, y no al capricho de aspiraciones personales.

Sin estar, tal vez, completamente fundamentada desde el punto de vista técnico-legal, afortunadamente la decisión de la Suprema Corte de Justicia ejerció una especie de terapia de shock eléctrico en las neuronas de los afectados por el síndrome del desorden obsesivo y compulsivo de poder.

La obsesión y la compulsión son dos características peligrosas de la esquizofrenia. Hacen que el paciente tenga que actuar de manera persistente, persiguiendo unos objetivos que forman parte de su fantasía. Para lograrlos, se siente irresistiblemente impulsado por una angustia interna que domina toda su capacidad volitiva.

Con su reciente fallo, la Suprema Corte de Justicia ha podido frenar momentáneamente las ansias incontrolables de los enfermos de poder. Pero es de prever que la obsesión persistirá, y dentro de poco la sociedad dominicana volverá a ser amenazada por nuevos ataques convulsivos de esquizofrenia colectiva por parte de los presuntos defensores de la democracia y de la legalidad institucional del país.

Esperamos que cuando vuelvan a producirse esos nuevos brotes de desequilibrio nervioso, podamos contar, una vez más, con una opinión pública activa y actores responsables que apliquen la terapia necesaria que las circunstancias requieran.

¡Que en paz descanse el Dr. Antonio Zaglul!