Reelección y democracia



Con respecto a la reelección presidencial, recientemente aprobada mediante la reforma a la Constitución de la República, podría establecerse una tipología o clasificación de juicios y opiniones, los cuales varían en función de valores, circunstancias e intereses.

Para algunos, la reelección presidencial debe ser rechazada por razones de principio. Son los que estiman que toda la tragedia de la historia nacional ha girado en torno a la felonía de mandatarios que buscan sucederse a sí mismos.

Debe reconocerse que esta interpretación dispone de una doble virtud. La primera es que quienes así la asumen, generalmente lo hacen imbuidos de auténticas consideraciones éticas o morales; y la segunda, es que con frecuencia encuentran en la historia numerosas evidencias que confieren sustancia a sus argumentos.

Esta manera de ver y entender el fenómeno de reelección presidencial adolece, sin embargo, de una debilidad, y es que al enfocar los hechos políticos sólo desde una perspectiva histórica, concibe a la sociedad en forma estática, y no admite la posibilidad de cambios en el futuro.

Una segunda corriente de pensamiento en torno a la reelección presidencial, parte, aparentemente, de la misma premisa que la anterior, pero está, en realidad, motivada por razones distintas. Es la que percibe en la reelección presidencial una amenaza frontal a las aspiraciones que se albergan de ostentar la primera magistratura del Estado.

Esta forma de pensar con respecto a la reelección presidencial no se expresa de manera tan directa. Al revés, procura ocultarse en presuntas razones de nobleza. Suele invocar el pensamiento de algún líder difunto, y se refugia en la necrofilia política para tratar de enmascarar sus verdaderas intenciones, que no son otras que las de un proyecto alternativo de poder, obstaculizado por la reelección.

La tercera corriente cree en forma sincera en la reelección. Estima que la prolongación sucesiva de un gobernante en el poder, por vía de voto popular, no constituye ninguna amenaza a la democracia, y por el contrario, es la tendencia creciente en aquellas naciones cuyos regímenes democráticos tienden a consolidarse.

Los ejemplos abundan. En los Estados Unidos, hasta Franklin Delano Roosevelt, la posibilidad de la reelección no tenía límite, y a partir de su gestión, está abierta por un período. Francia e Inglaterra, igualmente, admiten la reelección para un segundo mandato sucesivo. España y Alemania, por su parte, no establecen ningún tipo de restricción a la escogencia continua de sus mandatarios.

Una cuarta corriente de pensamiento, a la que me suscribo, parte del criterio de que la reelección presidencial por un período, al estilo del modelo norteamericano, puede ser válido.

La diferencia entre esta concepción y lo que recientemente se ha hecho en el país con la reforma constitucional, se manifiesta en los criterios diferentes respecto a la manera en que debe funcionar el sistema democrático.

Mientras que para la mayoría de los integrantes del partido oficial, la democracia puede ser ejercida por vía de la imposición, para lo cual sólo basta tener mayoría en el Congreso, en nuestro caso, entendemos que la única forma legítima de gobernar en el mundo democrático moderno, consiste en recurrir, de manera permanente, a mecanismos de participación.

Si se quería reintroducir la figura de la reelección en la Constitución de la República, sin quebrantar los principios de una auténtica y genuina democracia, lo procedente hubiese sido que la convocatoria de la Asamblea Revisora se hubiese hecho, no para aprobar inmediatamente la reelección, sino para incorporar a la Carta Magna la figura del plebiscito o el referéndum, para de esa manera, entonces, consultar directamente al pueblo a los fines de que este decidiera si era conforme o no a su voluntad la reintroducción de la reelección presidencial en la Carta Sustantiva de la Nación.

Otra modalidad era posible también. Pudo haberse aprobado la reelección por ante la Asamblea Revisora, como se hizo, pero inmediatamente someter esa decisión a un plebiscito o referéndum, previamente aprobado como figura de derecho por la misma Asamblea.

Pero no se hizo de ninguna de las dos formas; y al no hacerse así, esa reforma carece de la requerida legitimidad para ser aceptada por todos. Pero más aún, refleja que en sus promotores predomina una determinada concepción de la democracia, anacrónica e improcedente, la democracia por imposición, la cual debe ser rechazada por todos aquellos que aspiran a una verdadera convivencia en libertad, pluralidad, tolerancia y respeto de la soberana voluntad popular.

No es, por consiguiente, tan sólo el tema de la reelección lo que ha estado en juego con la última reforma constitucional. Ha sido algo más trascendente: ha sido la manera cómo se concibe debe funcionar la democracia en el país, precisamente al momento de desaparecer los tres grandes líderes de la época post-trujillo e iniciarse el siglo XXI.