La crisis financiera global: Una década después

Hace una década, en el 2008, con la caída del Banco de Inversiones Lehman Brothers, se desató la más profunda y severa crisis del sistema económico mundial desde la Gran Depresión de los años 30.

Esa crisis financiera, que luego se convirtió en una recesión económica global y en una crisis de la deuda en Europa, se inició en forma extraña. Fue provocada por la explosión de la burbuja creada en relación al mercado inmobiliario e hipotecario de los Estados Unidos.

Con ocasión de las crisis financieras de los años 90 en México, Brasil, Rusia y Asia, grandes flujos de capitales empezaron a ser trasladados al sistema financiero de los Estados Unidos. Eso, a su vez, permitió la creación de una situación de liquidez que los bancos utilizaron, con el estímulo del gobierno federal norteamericano, para la concesión de préstamos de alto riesgo a familias de bajos ingresos.

Esa política, por supuesto, en principio parecía aceptable. Al fin y al cabo, eso es lo que hacen los gobiernos: facilitar medidas para que los ciudadanos puedan acceder a la satisfacción de sus necesidades básicas, como resulta ser la adquisición de una vivienda.

La situación, sin embargo, se complicó debido al surgimiento de nuevas prácticas bancarias, que los expertos han denominado como innovaciones financieras. Entre esas innovaciones estaba la conversión de las garantías hipotecarias de las viviendas en activos financieros que se colocaban en venta en bancos internacionales.

¿Por qué esos bancos se arriesgaban a adquirir como activos financieros, garantías hipotecarias de familias carentes de capacidad de pago? Porque dentro de las denominadas innovaciones financieras estaba la supuesta garantía de esas operaciones a través de presuntos mecanismos de seguros, que no eran tales, como las llamadas permutas de incumplimiento crediticio (credit default swaps); o las obligaciones colaterales de deuda (collateralized debt obligations).

Todo ese conjunto de instrumentos eran parte de un sistema mayor de bancos en la sombra (shadow banking), de los que eran parte integral los bancos de inversiones y los fondos de apalancamiento (hedge funds).

El aumento de la demanda de nuevas viviendas generó un alza de sus precios en los mercados inmobiliarios.

En virtud de eso, los usuarios, colocando sus viviendas en garantía para segundas y terceras hipotecas, obtenían nuevos préstamos.

Al estar afectados con varias deudas al mismo tiempo; y siendo, de origen, deudores de alto riesgo, al incumplir con sus obligaciones de pago hacia los bancos, estos procedieron a la ejecución de embargos inmobiliarios, despojando a más de 9 millones de personas de sus viviendas.

Con esas ejecuciones, a pesar de una baja en los precios de los inmuebles, se produjo una disminución de la adquisición de nuevas viviendas. Eso provocó que el sistema bancario se viese afectado por una falta de liquidez, lo cual, a su vez, generó una crisis en la concesión de nuevos préstamos, afectando al conjunto de la economía.

De la crisis hipotecaria a la crisis financiera

Esa falta de liquidez y la contracción en la concesión de nuevos préstamos se trasladó a los bancos europeos que habían hecho transacciones financieras con sus homólogos norteamericanos. Al ocurrir así, la crisis inicial, hipotecaria e inmobiliaria de los Estados Unidos, se convirtió en una crisis bancaria a escala global.

El efecto inmediato de la nueva crisis financiera fue generar una disminución en el crecimiento de la economía mundial y una caída en el comercio internacional. Las recaudaciones fiscales por parte de los gobiernos experimentaron un desplome; y por vía de consecuencia, una baja sensible en las inversiones públicas.

La paralización de la economía suscitó intensas protestas sociales en distintos lugares del mundo.

Por todas partes, se esparcía el descontento, la insatisfacción y la ira popular.

En el ámbito político, había una profunda inconformidad con los gobiernos. En distintos procesos electorales, en diversas partes del mundo, los partidos en el gobierno eran severamente castigados en las urnas. Parecía una sublevación frente al poder establecido.

Si estaban los social-demócratas, venían los demócratas-cristianos; y viceversa. Pero, además, fue el momento en que se incubaron los grupos de extrema derecha, racistas, xenófobos y contrarios a la migración, que encontraron en el descontento social generado por la crisis financiera, la causa o motivo de su radicalización.

La aparición de nuevas fuerzas políticas, como Podemos y Ciudadanos, en España; o Syriza, en Grecia, ocurrieron al calor de las luchas sociales suscitadas por la crisis financiera global.

La Primavera Árabe, que se diseminó como pólvora por toda la región del Medio Oriente, desde Túnez, Egipto, Bahréin, Omán, Libia y Siria, también fue un resultado directo del impacto de la crisis financiera global.

Para enfrentar los efectos de la crisis financiera global, los gobiernos, en lo inmediato, procedieron a emplear miles de millones de dólares en una operación de rescate de los bancos, a los fines de dotarlos nuevamente de liquidez y proveer crédito a los distintos sectores de la economía.

Asimismo, se diseñaron nuevas medidas de regulación financiera, de recapitalización de las instituciones crediticias, de supervisión bancaria y de rendición de cuentas.

Con estas medidas se tenía como propósito volver a la estabilidad y a la confianza de los agentes económicos, para de esa manera, reactivar el crecimiento de la economía, estimular la inversión y disminuir el desempleo.

Los resultados fueron ambivalentes.

En los Estados Unidos, con la aplicación de una política monetaria expansiva durante la época del presidente Barack Obama, se logró ponerle el torniquete a la hemorragia. La economía se estabilizó, se produjo un moderado crecimiento económico y el desempleo bajó.

No así en Europa. En esa región del mundo, al aplicarse, por el contrario, políticas de control del gasto o de austeridad, la falta de crecimiento económico se prolongó durante 8 años consecutivos; el desempleo no descendió al ritmo requerido; y el descontento social no logró disiparse.

Una década después

Al cabo de diez años del estallido de la más grave crisis de la economía mundial de los últimos 90 años, los principales indicadores económicos y sociales señalan que en la actualidad hay un fortalecimiento del sistema bancario, más niveles de supervisión, mayor índice de capitalización y de reducción de concesión de préstamos a deudores de alto riesgo.

Las proyecciones indican que la economía de los Estados Unidos podría tener este año, 2018, un nivel de crecimiento cercano al 3%, lo cual no ha ocurrido durante más de una década. El desempleo ha disminuido a niveles tales que se considera que hay una situación de pleno empleo; y predomina una situación de baja inflación.

Se ha producido un aumento de salarios; una mejoría en la confianza de los consumidores; y en los mercados bursátiles, se registra un incremento del valor de las acciones, de aumento de las inversiones y de fortalecimiento del dólar.

Así pues, al término de diez años de haberse desatado la Gran Recesión Global, ha habido un lento proceso de recuperación; y con los actuales niveles de estabilidad que se han ido alcanzando, prevalece en la economía global un ánimo de optimismo.

Sin embargo, hay algunos nubarrones que aún se ciernen sobre el horizonte. Un factor que actualmente genera gran preocupación es el incremento de la deuda de las principales economías desarrolladas del mundo.

Desde el 2008 a la actualidad, la deuda pública y privada a nivel global se ha incrementado en más de 70 trillones de dólares, prácticamente equivalente a lo que es el producto interno bruto mundial.

Otro elemento tiene que ver con la desregulación financiera que ha empezado a aplicarse, como presunto mecanismo para facilitar las transacciones financieras, cuando fue precisamente la falta de regulación uno de los elementos que mayor incidencia tuvo en el colapso de la banca mundial.

Para algunos analistas, la política del presidente Donald Trump de disminuir el pago de los impuestos a las empresas, representa un factor positivo de corto plazo para estimular el incremento de las inversiones. No obstante, a mediano y largo plazo contribuye a aumentar la deuda, generando una ampliación del déficit fiscal, sobre todo, cuando ya la Reserva Federal ha empezado a subir las tasas de interés, colocando al sistema financiero, una vez más, en una posición de fragilidad.

De continuar esa trayectoria, según un reciente artículo en The New York Times, el solo pago de los intereses de la deuda, por parte del gobierno federal estadounidense, sería equivalente a 900 mil millones de dólares al año, una cifra mayor a los 700 mil millones que actualmente se destinan al gasto militar.

La actual guerra comercial que se ha desatado entre Estados Unidos y China, que implica un incremento del pago de aranceles a los productos de exportación e importación, de prolongarse en el tiempo, conduciría, inevitablemente, a una baja en el comercio mundial.

En fin, a 10 años de la crisis financiera global, el nivel de recuperación alcanzado en base a un incremento exorbitante de la deuda, no debe dar lugar a una reiteración de los mismos errores que, en realidad, motivaron su estallido.

De no atenderse a esas lecciones de la historia, como ha señalado el reconocido filósofo español, George Santayana, se estará condenado a repetirlas.