DISCURSO EN EL ACTO DE APERTURA DE LA TRIGÉSIMO SEXTA ASAMBLEA GENERAL DE LA ORGANIZACIÓN DE LOS ESTADOS AMERICANOS

Por: Leonel Fernández |



Honorables Señores Cancilleres y Jefes de Delegación;
Honorable Señor Secretario General de la Organización de Estados Americanos (OEA), Dr. José Miguel Insulza;
Honorable Señor Presidente del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), Dr. Luís Alberto Moreno;
Honorable Señor Secretario General Adjunto de la OEA, Embajador Albert Ramdin;
Señoras y Señores Representantes de los Países Observadores Permanentes;
Representantes de Organismos Internacionales;
Invitadas e Invitados Especiales;
Señoras y Señores:

Constituye motivo de gran honor y alta satisfacción que el trigésimo sexto período de sesiones de la Asamblea General de la Organización de Estados Americanos (OEA), pueda realizarse en la República Dominicana; y es por ello que en nombre del gobierno y del pueblo dominicano nos sentimos profundamente regocijados en brindarles una fraternal bienvenida, esperando que su estancia entre nosotros sea provechosa, fructífera y divertida.

Este encuentro de pueblos hermanos de la región tiene un carácter novedoso. Por vez primera en sus encuentros anuales la Asamblea General de la OEA aborda un tema tan crucial en nuestros tiempos como el de la gobernabilidad y el desarrollo en la sociedad del conocimiento.

Durante el período de la guerra fría, en distintas latitudes del mundo se consideró que ser revolucionario, estar a la vanguardia, ser parte del proceso de cambios de la humanidad se asociaba a ser miembro del PC, esto es, del Partido Comunista.

Luego del fin de la guerra fría, ser progresista y estar en la avanzada de los procesos de transformación por los que transita el planeta ha requerido tener una PC, es decir, una personal computer o computadora personal.

Esto indica que en los últimos tiempos el género humano ha asistido a un nuevo y profundo cambio. Ha asistido a la revolución del conocimiento.

Esta revolución del conocimiento ha sido posible, a su vez, por la revolución de las tecnologías de la comunicación y la información, que ha transformado de manera radical la forma en que la humanidad vive, trabaja, aprende, se comunica y entretiene.

Sin lugar a dudas, al entrar en el siglo XXI, hemos pasado de la era industrial a la era de la información y el conocimiento. Esto implica un nuevo paradigma de desarrollo productivo, comercial, social, cultural y tecnológico.

Para los pueblos que integramos la región de América Latina y el Caribe, el gran desafío consiste en el aprovechamiento de ese nuevo paradigma para erradicar de una vez por todas las rémoras de la pobreza, la desigualdad y la injusticia social, y poder así garantizar hacia el futuro nuevas normas de convivencia civilizada, desarrollo sostenible y gobernabilidad democrática.

Mediante el uso intensivo de las tecnologías de la información y la comunicación avanzaremos con mayor celeridad hacia la conquista de los Objetivos de Desarrollo del Milenio establecidos por Naciones Unidas para ser cumplidos en el año 2015; hacia la protección del medio ambiente y los recursos naturales; hacia la mejoría de la calidad de la educación; hacia el perfeccionamiento de los diseños y procesos de producción industriales; hacia el incremento de la producción y la productividad en el sector agropecuario; hacia el desarrollo de las medianas, pequeñas y microempresas; hacia el fomento de la telemedicina, la educación a distancia, el comercio y el gobierno electrónicos y la telemedicina.

Reconocemos que hay muchas personas escépticas acerca de las ventajas y beneficios que ofrece la sociedad del conocimiento.

Generalmente estas personas parten de la premisa de que la sociedad del conocimiento es un lujo sólo disponible para las naciones desarrolladas. Consideran que sociedad del conocimiento equivale a sociedad post-industrial, y que como parte de los problemas estructurales que tenemos acumulados en el hemisferio se deben a que no hemos podido cumplir plenamente con las tareas de la sociedad industrial, que es lo que nos coloca como sociedades subdesarrolladas, es una ilusión y una fantasía ahora tratar de competir con quienes imponen su hegemonía en todos los ámbitos sobre el resto del mundo.

Por supuesto, no compartimos esa línea de razonamiento. Por el contrario, consideramos que la sociedad del conocimiento nos brinda, por vez primera en la historia de la humanidad, las herramientas y los instrumentos para enfrentar con eficacia todos los lastres económicos, sociales, políticos, culturales y tecnológicos, arrastrados a lo largo de la historia.

Este es el gran momento para que los pueblos de la región se apoderen de su historia, de sus tradiciones y su cultura, y se conviertan en los ejes centrales de su propio destino.

En la revolución del conocimiento, nuestros pueblos sólo encontrarán un gran aliado en la búsqueda de nuevas fórmulas que permitan acelerar el proceso que ha de liberarnos de la miseria, el desamparo y la desesperanza.

Porque la sociedad del conocimiento sólo tiene valor, significado e importancia si sirve para eso, esto es, para promover el desarrollo sostenido, para mejorar la competitividad de las naciones, para crear oportunidades de empleos y para dignificar y mejorar la condición humana.

Estamos conscientes que el avance hacia la sociedad del conocimiento nos presenta nuevos desafíos y nuevos frentes de batallas.

No podemos ignorar que este nuevo horizonte de perspectivas que se abre ante nosotros también está lleno de desigualdades y desequilibrios; que ahora el mundo tiene también una nueva forma de división social: los inforicos y los infopobres. Que esta nueva realidad se produce al interior de las sociedades y en sus relaciones con el exterior.

Sabemos que la Revolución del Conocimiento no es equiparable a la Revolución Francesa, como en frase afortunada dijese Shasha Tahoor, actual subsecretario general de las Naciones Unidades.

La Revolución Francesa se hizo bajo el grito de libertad, fraternidad e igualdad. En la Revolución del Conocimiento hay libertad, algo de fraternidad y ninguna igualdad. Esto último es lo que crea la brecha digital.

Los gobiernos de América Latina y el Caribe se encuentran en la obligación de diseñar estrategias nacionales para incorporar a toda la ciudadanía a los beneficios de la revolución digital.

De esa manera se evitará el ensanchamiento de la brecha social, y por el contrario, se contribuirá a promover su rápida superación.

En la actualidad, en materia digital y de sociedad del conocimiento el mundo es muy desigual, y eso es moral, social, económica y políticamente inaceptable que así sea.
Es inaceptable que 400 mil ciudadanos de Luxemburgo tengan más acceso a Internet que los más de 700 millones de habitantes de África. Es inaceptable que sólo en la isla de Manhattan haya más acceso a Internet que en todas las naciones de América Latina juntas.

Ese es un nuevo escenario en el que hay que luchar para cambiar, pues de no hacerlo, las actuales diferencias sociales entre los pueblos se multiplicarían de manera explosiva, representando la más seria y grave amenaza para la paz y la seguridad que se haya conocido en la historia de la humanidad.

Además de la brecha social, de género, comercial y de flujo de capitales que actualmente existe en el planeta, hay una brecha de fibras ópticas de alta velocidad y líneas digitales que ensanchan la separación entre el Norte y el Sur, y es donde se pauta en el estado actual de nuestra civilización, la línea divisoria entre el progreso y la pobreza, entre el bienestar y la miseria.

Es por todo esto que resulta tan oportuna la celebración de esta Asamblea General de OEA, en torno al tema de la gobernabilidad, el desarrollo y la sociedad del conocimiento.

En el proyecto de declaración de este encuentro, se destaca desde ya “la importancia que desempeñan las tecnologías de la información y la comunicación (TIC), como herramienta transversal para el logro del desarrollo equitativo y sostenible y el fortalecimiento de la gobernabilidad, la promoción y protección de los derechos humanos, así como la necesidad de trabajar intensamente para que todas las personas en Las Américas, en particular aquellas en situación de vulnerabilidad o con necesidades especiales, sean partícipes de los beneficios generados por la sociedad del conocimiento”.

El proyecto de declaración de la OEA, se inspira en la Declaración de Principios y en el Plan de Acción de la Cumbre Mundial de la Sociedad de la Información de Ginebra y Túnez. Pero, de igual manera, en la Declaración de Florianópolis, del 2000; la Declaración de Río de Janeiro de las TIC para el Desarrollo, del 2001; de la Agenda de Conectividad para Las Américas, del 2002 y la Declaración de Bávaro del 2003.

En la República Dominicana hemos hecho ingentes esfuerzos, desde nuestra pasada administración, en promover una estrategia nacional de sociedad del conocimiento.
Hemos procurado expandir la conectividad a todo el territorio nacional y promover el acceso fácil a las tecnologías de la información y la comunicación a las personas de todos los niveles, sin distinción de raza, edad, sexo o condición social.

Hemos instalado laboratorios de computadoras en el sistema escolar público. Construimos un parque científico-tecnológico, conocido como el Parque Cibernético de Santo Domingo. Creamos el Instituto Tecnológico de Las Américas. Trabajamos en el programa del gobierno electrónico y avanzamos en la construcción de 135 centros tecnológicos comunitarios.

Estimulamos al sector privado para una incorporación cada vez más activa y dinámica en este campo y hemos adoptado un marco legal y regulatorio que incluye disposiciones como la Ley de Propiedad Intelectual, la Ley General de Telecomunicaciones, la Ley y el Reglamento de Comercio Electrónico y Firma Digital y la Creación de la Comisión Nacional de la Sociedad de la Información y el Conocimiento.

Señoras y Señores:

No pretendo abusar de su indulgencia. Sólo he querido compartir con ustedes el inmenso entusiasmo que albergamos al sentir el privilegio de ser parte de una época, si bien llena de grandes intenciones, también pletórica de enormes y radicales transformaciones.

Es una época de verdadera potencialidad revolucionaria. Quizás, inclusive, más que cualquier otra época anterior.
Al menos, ese es el sentimiento que genera al descubrirse su consigna: Conocimiento es poder.
Aprovechemos esta enorme oportunidad y diseminemos por nuestros pueblos la semiente de la paz, el amor y la fraternidad.

Muchas Gracias.