Palabras en ocasión de la condecoración con la orden al mérito de Duarte, Sánchez y Mella, Gran Cruz Placa de Oro, al Dr. Fidel Castro Ruz, Presidente de la República de Cuba

Por: Leonel Fernández |



Excelentísimo Señor

Fidel Castro Ruz

Esta noche nos sentimos regocijados de estar asistiendo a un acto de trascendencia histórica.

Los anhelos de toda una generación se ven cumplidos en este instante. El líder de una revolución que transforma el destino histórico de América Latina recibe en estos momentos del pueblo dominicano, a través de sus autoridades constituidas, la más alta condecoración que otorga a una personalidad distinguida la condecoración con la Orden al Mérito de Duarte, Sánchez y Mella, Gran Cruz Placa de Oro.

El doctor Fidel Castro Ruz constituye una fuerza histórica viviente, que ha servido para canalizar las aspiraciones de justicia y bienestar de millones de seres humanos, no sólo de América Latina sino también de tras naciones del llamado Tercer Mundo.

Lo que ha hecho posible que el doctor Fidel Castro se haya convertido en un símbolo de los sueños de redención de una parte importante de la humanidad tiene que ver con lo que parece ser en él un signo distintivo: su carácter rebelde frente a todo lo que estima injusto, indigno o inapropiado.

En ese espíritu rebelde el que lo conduce a emprender, desde su juventud, en condiciones de desigualdad, el asalto al Cuartel de Moncada, símbolo de la opresión en el Oriente de Cuba; la aventura libertadora del Granma, la epopeya de la Sierra Maestra y la entrada triunfal a La Habana.

Es ese mismo espíritu rebelde el que lo hace enfrentar exitosamente, a la cabeza de su Pueblo, la intentona de Bahía de Cochinos y la crisis de los misiles, entre los grandes hitos históricos de su patria de los cuales ha sido protagonista singular.

Ese espíritu rebelde del doctor Fidel Castro y su visión de la Justicia en toda la faz de la Tierra son los imanes que han logrado atraer al entorno de la revolución cubana a prestigiosos intelectuales del mundo entero.

Este joven rebelde a quien hoy reconoce el pueblo dominicano con este galardón que me honro en entregarle, encarna la rebeldía y el desafío de dos grandes héroes de Nuestra América: el apóstol José Martí y el Generalísimo Máximo Gómez. Dos héroes que sintetizan la hermandad histórica entre los pueblos de Cuba y la República Dominicana.

Una hermandad sellada por vínculos indisolubles, que nada ni nadie ha podido ni podrá jamás romper, a pesar de las diferencias que imponen las circunstancias políticas en momentos determinados.

La Guerra Fría afectó sensiblemente las relaciones de amistad, hermandad y mutua solidaridad existentes entre nuestras naciones, que se vieron interrumpidas en el plano oficial durante varias décadas. Pero la situación ha cambiado, el momento es otro, y hoy nos encontramos en una nueva etapa de reencuentro y desarrollo de esas relaciones.

Señor Presidente: Al entregarle esta presea, en nombre del pueblo dominicano, permítame hacer votos fervientes por la ventura personal de Vuestra Excelencia y por el creciente bienestar del pueblo cubano, y permítame también recordar las palabras de Martí en su exaltación de tres héroes de nuestra América:

«Hay hombres que viven contentos aunque vivan sin decoro. Hay otros que padecen como en agonía cuando ven que los hombres viven sin decoro a su alrededor. En el mundo ha de haber cierta cantidad de decoro, como ha de haber cierta cantidad de luz. Cuando hay muchos hombres sin decoro, hay siempre otros que tienen en sí el decoro de muchos hombres. Esos son los que se rebelan con fuerza terrible contra los que se les roba a los pueblos su libertad, que es robarles a los pueblos su decoro. En esos hombres van miles de hombres, va un pueblo entero, va la dignidad humana.»

Muchas gracias.